De vuelta a la Cuvrystr. en un arranque de valentía y de "ya basta, ¿no?", y así de vuelta a los estilismos obsoletos: rastas, piercings y tatuajes de todos los colores, grosores y tamaños, pantalones de peto, jerseys de cuello vuelto, gorras negras a lo antifa... qué aburrimiento, madre del amor hermoso. Menos mal que hemos rematado la jornada con un bucólico poema de Rilke. En la pausa, por miedo a tener que relacionarme con los demás y pasar por trances contextuales innecesarios, me voy a la tienda de papeles y juegos de la Falckensteinstr. y a comprar prensa. Omitiendo el café, con mucho esfuerzo pero con gran satisfacción ahora a la noche.
No sé qué clase de distracción me saldrá más cara*, la actual o empezar a fumar en el patio y, por consiguiente, tener que relacionarme con mis compañeros.
No veía a E. desde antes de navidad. Me intimida y me pone nerviosa su falta de discrección; me mira por debajo de la visera de su gorra y yo hago como que no me doy cuenta mirando al lugar más remoto. A veces se recoloca la gorra y se le adivina un flequillazo inmenso y rizado a lo Morrissey.
Mein Gott, qué temazo. Me dan ganas locas, ¡rematadamente locas!, de bailar este fin de semana.
*En el sentido figurado más que en el económico, en el segundo caso.